lunes, 5 de junio de 2017

Fragmento "Las crónicas de Narnia"


—Buenas tardes —saludó Lucía. Pero el Fauno estaba tan ocupado recogiendo sus paquetes que no contestó. Cuando hubo terminado le hizo una pequeña reverencia.
—Buenas tardes, buenas tardes —dijo. Y agregó después de un instante—: Perdóname, no quisiera parecer impertinente, pero ¿eres tú lo que llaman una Hija de Eva? —Me llamo Lucía —respondió ella, sin entenderle muy bien. —Pero ¿tú eres lo que llaman una niña? —¡Por supuesto que soy una niña! —exclamó Lucía. —¿Verdaderamente eres humana? —¡Claro que soy humana! —respondió Lucía, todavía un poco confundida. —Seguro, seguro —dijo el Fauno—,¡Qué tonto soy! Pero nunca había visto a un Hijo de Adán ni a una Hija de Eva. Estoy encantado. -Se detuvo como si hubiera estado a punto de decir algo y recordar a tiempo que no debía hacerlo.
—Encantada de conocerle, señor Tumnus —dijo Lucía.
—Y se puede saber, ¡oh, Lucía, Hija de Eva!, ¿cómo llegaste a Narnia? —preguntó el señor Tumnus.
—¿Narnia? ¿Qué es eso?
—Esta es la tierra de Narnia —dijo el Fauno—, donde estamos ahora.
Todo lo que se encuentra entre el farol y el gran castillo de Cair Paravel en el mar del este. Y tú, ¿vienes de los bosques salvajes del oeste?
—¡Ah! —dijo el señor Tumnus con voz melancólica—, si hubiera estudiado geografía con más empeño cuando era un pequeño fauno, sin duda sabría todo acerca de esos extraños países. Ahora es demasiado tarde.
—¡Pero si esos no son países! —dijo Lucía casi riendo—. El ropero está ahí, un poco más atrás..., creo... No estoy segura. Es verano allí ahora.
—Ahora es invierno en Narnia; es invierno siempre, desde hace mucho... Pero si seguimos conversando en la nieve nos vamos a resfriar los dos. Hija de Eva, de la lejana tierra del Cuarto Vacío, donde el eterno verano reina alrededor de la luminosa ciudad del Ropero, ¿te gustaría venir a tomar el té conmigo?
—Es a la vuelta de la esquina, no más. Habrá un buen fuego, tostadas, sardinas y torta —insistió el Fauno.
—Es muy amable de su parte —dijo Lucía—. Pero no podré quedarme mucho rato.
—Tómate de mi brazo, Hija de Eva —dijo el señor Tumnus—. Llevaré el paraguas para los dos. Por aquí, vamos.

—Encantado, encantado —repitió luego—. Permíteme que me presente. Mi nombre es Tumnus.
—Yo llegué..., llegué a través del ropero que está en el cuarto vacío  —respondió Lucía, vacilando.
—Gracias, señor Tumnus, pero pienso que quizás ya es hora de regresar.
Así fue como Lucía se encontró caminando por el bosque del brazo con esta extraña criatura, igual que si se hubieran conocido durante toda la vida.

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